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E N C A S T E L L A N O

Hace tiempo que le tengo prometido a mi amiga Celia
García un papel escrito directamente en su idioma, en vez de las
pobres traducciones que le mando de mis escritos en catalán.
El tema que elijo para este ejercicio Celia lo conoce de
antemano. Dice de mi y con razón, que yo soy un hombre
obseso en la defensa de Cataluña ante las que yo considero
faltas de respeto contínuas a nuestra personalidad.
Es cierto que yo sufro constantemente por Cataluña, tan
cierto como que me ha venido preocupando España desde que
tengo uso de razón.
Conozco muy bien los méritos que ha atesorado la
cultura castellana a través de los siglos y pienso que los
problemas que nos atañen a sus vecinos peninsulares
arrancaron con la mala digestión de la pérdida del gran Imperio
que consiguieron y que parece que no supieron o no pudieron
administrar con mejor fortuna.
Luego del fracaso, el orgullo español se encerró en si
mismo y despreciando todo lo que desconocían, se erigieron en
eje moral del mundo, suma de los máximos valores espirituales
de todos los tiempos.
Nacieron los pensamientos de que todo lo malo venía
del exterior y despreciaron el modernismo naciente. "Que
inventen ellos" fue la aberrante consigna de aquellos tiempos.
Los catalanes, de temperamento más tranquilo y visión
más objetiva de las cosas, nos abocamos en el movimiento
modernista de occidente y bastante a pesar de España fuimos
siendo, paso a paso, punta de lanza de nuestra incorporación a
Europa.
Nuestro "extranjerismo" fue visto siempre como
deslealtad y pusieron todo su empeño en borrar nuestros signos
de identidad. Cayeron constantemente en la contradicción de no
querer admitir ninguna diferencia peculiar de nuestra tierra
mientras las iban destacando y ridiculizando una a una,
verdaderas y inventadas.
Su afán de hacer una España a imagen y semejanza de
Castilla les llevó a monstruosidades como las cometidas con las
otras lenguas habladas en la Península, que intentaron eliminar.
La lengua vasca, que es un tesoro de la humanidad
porque no había sido influída por ninguna dominación exterior y
tenía una pureza extraña y maravillosa que la relacionaba
directamente con la prehistoria, ha sido casi exterminada y su
recuperación será seguramente imposible.
La lengua catalana, que es más antígua que la
castellana por su proximidad geográfica al latín originario y más
rica por el hecho elemental de su riqueza de sonidos vocales,
que casi los dobla, fue calificada irresponsablemente de dialecto.
Ese deambular obsesivamente por el error en temas
capitales y ese alejamiento del mundo real y de su ritmo de
progreso nos ha preocupado mucho a las gentes que no
participábamos del delirio de esa visión de una España que
pretendía ir , por un Imperio que ya no tenía, y por un camino a
oscuras, porque había que recorrerlo bajo los luceros, hacia
Dios.
Entrar en Europa ha sido un paso positivo, sin duda,
pero no todavía el paso necesario. Falta que entiendan España
como una unión de pueblos diferentes que pueden hacer un
mismo camino.
El mundo se globaliza pero necesita conservar signos de
identidad que mantengan la calidad humana necesaria.
La lengua castellana y la catalana, y todas las que sea
posible, tienen que ser conservadas y respetadas tanto como
sea posible . Algunas desaparecerán, sin duda, cuando se
acabe si ciclo vital ; Pero precipitar violentamente el final de
cualquiera de ellas será siempre un crimen.
Una lengua, cualquier lengua, es como una vida. Si
desaparece por razón natural no deja resentimientos ; Pero si se
la quiere destruir por la fuerza, se resiste con tanta fiereza como
amor le tenga el pueblo agredido.
Lo que viene ocurriendo en el pueblo vasco es la
consecuencia natural de lo que digo y se me ocurre un
pensamiento terrible al respecto: Si un día el rico y muy amado
idioma español fuese agredido como lo fue el euskera, las
bombas que ponen hoy los terroristas de aquella tierra serían
como inocentes fuegos artificiales en comparación a las que
pondría el pueblo español.
Los catalanes formamos otra clase de gente, aptos para
el sufrimiento pero negados al derramamiento de sangre. Somos
muy mediterráneos, que es una manera de decir que no nos
jugamos la vida ni por un Imperio ni por nada que no sea la vida
misma.
Y todas esas cosas que le cuento a mi amiga Celia son
así porque la Naturaleza tiene su Constitución y esta
Constitución no la puede variar ni el señor Aznar ni el señor
Zapatero.
Confiemos en Dios, en fin, y en el continuado progreso
de España, que no entorpecerán los viejos y malos chistes que
se seguirán contando de nosotros los catalanes, hasta que se
imponga del todo eso que llaman Democracia, que también se
puede entender como respeto general.
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